lunes, 23 de enero de 2012

El lecho de Procusto

Cuenta la mitología griega que Procusto tenía una casa en las colinas donde ofrecía hospedaje a los viajeros. Estos, animados por la amabilidad del anfitrión y probablemente por el hambre y el frío, aceptaban la invitación sin demasiadas cautelas.

A la hora de dormir, Procusto señalaba a sus huéspedes dónde se encontraban sus aposentos y, deshechos en gratitud, se dirigían a descargar sus sueños. La cama era de hierro y era un fastidio, pero qué le vamos a hacer, encima de que te invitan no te vas a quejar. Además, el vino de la cena empezaba a hacer estragos y no era momento de ponerse finolis. Un par de vueltas para coger la posturita y el alcohol hace el resto: el viajero comienza a roncar.

Pero Procusto no tiene sueño. Él sabe que su invitado duerme profundamente. Entra en silencio al dormitorio y con cuatro cintas de cuero lo ata a las cuatro esquinas del lecho. El joven se despierta y tarda un tiempo en asimilar que lo que le está ocurriendo es verdad. Procusto lo mira: tiene una mordaza en la mano y se acerca a su boca. Pero no llega, se arrepiente y la arroja lejos de sí. Necesita emociones fuertes y unos cuantos gritos no le vendrían nada mal.

En efecto, el viajero comienza a gritar, primero súplicas, luego infamias, mientras Procusto recorta las partes del huésped que sobresalen al lecho. Los pies y sigue habiendo gritos. Las manos y sigue habiendo gritos. La cabeza. Un espasmo. Sueño, sueño de verdad.

Procusto está manchado de sangre y le brilla una sonrisa en la cara. 

Llaman a la puerta. 

El viejo dice una 'ya vaaaaa' amable, tierno, paternal. Se limpia la sangre, se cambia la túnica, cierra el cuarto y abre:


-Pase, pase, mi querido viajero, la noche es inhóspita y mi despensa está llena. 

Mientras el joven camina adentro agradecido, el viejo piensa que este huésped es muy bajo. A este no lo podré recortar, será estirado, pues. Todo sea porque todos se adapten a la medida del lecho de Procusto.

FIN

Lo que a mí verdaderamente me ha sorprendido siempre de esta historia es la estupidez suprema de los huéspedes. Porque sabían que ahí estaba Procusto con su sierra o su martillo desconyunturador y seguían yendo a ocupar su puesto en el lecho. Y si no lo sabían, es porque no querían saberlo.

De eso va este blog, de todos nosotros, que sabemos que dormimos en una cama ajustada y volvemos cada día a ella y hasta la echamos de menos. El mundo es nuestro Procusto. Y no seremos libres mientras nos sigamos decapitando adrede. La vida sin cabeza no es vida, es deriva.

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